“Todo pasado condena, indudablemente, a una identidad”

By on 28 abril, 2016

Por Enrique symns

Cerca de Ingeniero Ledesma, en una población de indios matacos, había un animal muy peculiar: un ganso al que los indios bautizaron con el nombre de Pancho. Pancho era el líder de la gansada, pero lo curioso es que Pancho no sabía que era un ganso. Se enfrentaba a los hombres como si fuera un hombre y charlaba con ellos en su incomprensible idioma.

Cierta vez entró un puma, que atravesó el alambrado empujado por el hambre y con la intención de comerse dos o tres gansos. Pancho salió a enfrentarlo con toda la actitud de un puma. Durante unos segundos el puma estuvo casi convencido de que Pancho era un animal peligroso, hasta que finalmente lo mató.

Todo pasado condena, indudablemente, a una identidad. ¿Y qué es la identidad sino la noción de los límites? El árbol nunca saldrá caminando, el tigre nunca cantará como los jilgueros, los canguros nunca volarán sobre la Torre Eiffel. El pasado tiene como finalidad fijar los límites del futuro, y el famoso mecanismo evolutivo no es más que una continua castración de la imaginación individual por parte de esa extraña dictadura legislativa de la naturaleza.

No por nada todas las conspiraciones y complots de la historia fueron montados sobre el pasado no vivido de los individuos. La historia del “antes de que nacieras” es un invento continuamente modificado, según las alternativas de la conciencia de los acumuladores circunstanciales del poder. Se somete al individuo desde el pasado de su historia individual, grupal e histórica. La domesticación del espíritu nace ante el primer reconocimiento de la necesidad de la espera.

Es curioso observar que todos los mitos occidentales del origen religioso del universo nos traen el recuerdo de un dolor inicial y de una culpa de la especie, que nos incluye por el solo hecho de haber nacido. El famoso amor a las tradiciones, el respeto a las raíces, las reivindicaciones del ser nacional… No son más que forzamientos voluntarios para que regresemos a puntos del tiempo y del espacio donde jamás hemos estado. La cultura que es transmitida principalmente a través del código de la palabra tiene como función primordial recordarnos falsas memorias de una vida que jamás tuvimos.

La falsedad no consiste en que algo haya sucedido o no sino que no nos ha sucedido de ninguna manera a nosotros. No nos sucedió nada de lo que les sucedió a nuestros abuelos, ni mucho menos a los cristianos perseguidos en Roma, ni a los monos que correteaban alegremente por las cuevas de la tierra hace millones de años.

El dolor del pasado es ineludible, ya que la función de ese código tiene un comportamiento mecánico en el cerebro. Y el cerebro, como un verdadero pulpo, atraviesa todo el tejido nervioso del universo, sensibilizando el estar de las cosas con los continuos recuerdos de miedos, sopores, aturdimientos, fracasos y obsesiones. Es imposible olvidar, sólo es posible ser olvidado.

Pero nadie está midiendo el fracaso o el triunfo de las cosas. Nadie podrá superar esos diez segundos maravillosos en que el ganso Pancho logró convencer al puma de lo imposible. Y junto al puma, el universo entero se olvidó de las leyes que lo sometían.

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